miércoles, 6 de abril de 2011

Una Argentina en Japón:

            La temperatura bajaba levemente, los días eran cada vez mas cortos y las hojas ya comenzaban a adquirir colores rojizos; era innegable que había llegado el otoño.
            Muchas personas suelen ponerse tristes o amargadas cuando se va el verano, pero para Aurora todo esto significaba algo muy especial; faltaban muy pocos días para que emprendiera una de las aventuras mas emocionantes de su vida: dos meses de intercambio en la Universidad de Tokio, en Japón, un lugar que ella siempre había querido conocer. A la muchacha ya no le bastaba con mirar fotografías o escuchar anécdotas sobre aquel enigmático país; ahora era una simple cuestión de ver con sus propios ojos aquel lugar que ella siempre había soñado.
            Valija…lista…pasaporte…listo…documentos, listo…Aurora estaba más que nunca preparada para el despegue. Llegó el gran día. Con escalas en Panamá y Hawai, la chica finalmente llegó a Tokio, esa ciudad gigante y multitudinaria que sólo había tenido la oportunidad de conocer a través de películas. Bastó una simple mirada a la monstruosa urbe e interesantísima cultura para que terminara de enamorarse del lugar y un simple respiro para darse cuenta que ese era su lugar en el mundo; no podía creer que por fin, después de tantos años ella estuviera en Tokio, ese lugar que durante tanto tiempo la había maravillado.
            Los dos meses que ella pasó allí pasaron rápidamente; faltando poco para que comenzase el invierno en el hemisferio sur y disfrutando sus últimos días de primavera en la capital nipona, Aurora se despidió de sus amigos y profesores, abandonando aquel lugar que la había visto madurar muchísimo más de lo que había crecido en su país natal. Antes de irse, ella se prometió a si misma que volvería; que ese era el lugar al cual ella pertenecía y que sería allí donde pasaría el resto de sus días.
            Al finalizar su carrera universitaria, Aurora viaja nuevamente a Tokio, con la intención de radicarse allá y desarrollarse profesionalmente, cosa que finalmente logró al poco tiempo de haber arribado.
            El tiempo pasó y ella formó su familia con un ingeniero electromecánico llamado Masato y con él, tuvo una niña llamada Naomi, una pequeña criaturita cuya curiosidad era imposible de aplacar. Los tres tenían una vida perfecta: tenían un hogar en Sendai (una de las ciudades mas importantes de todo Japón), un auto enorme y el suficiente dinero como para viajar a Argentina cada dos meses. Definitivamente todo era como Aurora siempre había querido.
            Pero un día de marzo, de esos en que uno piensa que nada malo puede pasar, ocurrió algo que Aurora nunca hubiera imaginado, ni siquiera en su peor pesadilla. Masato se encontraba trabajando, Aurora estaba cocinando el almuerzo y Naomi jugaba con sus muñecas en el jardín delantero de la casa. Pero de repente todo comenzó a temblar: las cosas se movían cada vez mas rápida y peligrosamente, los vidrios estallaban como si una bala de plomo los estuviera impactando y el piso temblaba hasta tal punto que uno no podía siquiera quedarse de pie. Cuando el sismo finalizó, Aurora y Naomi corrieron juntas hasta un parque cercano, para reencontrarse con todos sus vecinos, pero ya era muy tarde. De la nada, apareció una gran ola que tenía la altura de un departamento de cuatro pisos que estaba a punto de chocar contra la costa; su cerebro no podía dar crédito a lo que sus ojos estaban percibiendo y la ola arrastró todo lo que impactó: el aeropuerto, los autos estacionados en las veredas, los árboles…y las personas.
            ¿Quién hubiera creído que alguien que había (por fin) encontrado su lugar en el mundo y tenía todo lo que necesitaba y apreciaba pudiera llegar a tener ese cruel y terrible destino? Pero si de algo estamos seguros es que Aurora cumplió su objetivo: vivir en Japón hasta el final de sus días.

María Constanza Taurozzi

Imágenes que nos llevan al futuro:

            Corría el 3000 D.C. Las máquinas del tiempo eran monedas corrientes y la tele transportación era algo muy común. No era extravagante que la gente en ese entonces pudiera viajar a otro año e incluso otro siglo; al menos, no lo era para Corina ya que era su hobbie favorito: poder viajar a otros lugares del globo, en distintos años. Hoy, la antigua Grecia; pasado, Inglaterra en el siglo XIV.
            Para Corina, todos los lugares eran especiales, pero había uno en particular que le fascinaba, al extremo de volverla completamente desquiciada: los Estados Unidos en el siglo XXI.
            Ella sentía que ese era su lugarcito en el mundo (y en el tiempo) ya que allí tenía amigos, una “familia” adoptiva, muchísimas experiencias y un sin número de aventuras. No hace falta aclarar que cada viaje en su máquina del tiempo era un nuevo recuerdo y una nueva anécdota. Todo era perfecto, siempre había sido perfecto y también…podría haber sido perfecto, hasta que viajó al 1º de abril del 2011 de su querida Norteamérica, día que juró no regresar jamás debido al amargo recuerdo que quedó en su mente.
            Al mediodía de esa jornada, llegó a la casa de su “familia”: una típica casa norteamericana, de índole minimalista, con muebles de madera oscuros, escaleras y paredes de color blanco y muchísimos ornamentos de vidrio. Apenas arribó al sitio, sintió un aroma delicioso a café instantáneo…ese que Corina tanto adoraba tomar, en particular durante los días de invierno cuando la nieve caía copiosamente. Por ese instante, ella no percibió nada extraño, nada fuera de la rutina de su “familia”, hasta que vio a Tomás, su “hermano mayor” sentado en frente de la televisión mirando un programa especial sobre la aparición de ovnis en el lago Titicaca.
A diferencia de otras oportunidades en las que ambos se saludaban efusivamente, el muchacho no dio reparo de la llegada de Corina, ni siquiera volteó la cabeza para saludarla.
La muchacha, atónita y sin saber que ocurría se dirigió a Tomás para preguntarle qué pasaba, pero la reacción del chico fue mas veloz que la tentativa de movimiento de Corina: en un ataque de furia, Tomás la sujetó por los brazos y la sentó en una silla cercana a donde ella estaba parada y comenzó a abofetearla, gritándole todo tipo de improperios.
            La muchacha no entendía nada, estaba confundida; ella creía que Tomás era su amigo…era un hermano. Ante tal reacción ella comenzó a llorar desconsoladamente, pero al instante fue atacada por la ira y reaccionó de la única manera en que sabía actuar, la única en que actuaban todas las personas del milenio al cual pertenecía: Corina lo sujetó por los brazos y lo tironeó hasta la escalera, lugar desde el cual Tomás comenzó a rodar y rodar…
            Eran las 13.45 y Corina decidió embarcarse nuevamente en su máquina del tiempo con el fin de buscar nuevas aventuras, nuevas experiencias, pero decidió que no se mostraría cálida, como a veces solía serlo, sino que de ahora en mas se volvería una persona fría y parca. Tipeó en la máquina las palabras “Italia - año 1400 d.c” y dio lugar a la tele transportación.
            El living de la casa que tanto había añorado se despedía para siempre…

María Constanza Taurozzi

Toda ciudad tiene algo para mostrar

            Cada ciudad es un mundo y más aún las ciudades populosas; Buenos Aires no era la excepción a la regla. Caracterizada por la gran cantidad de gente que circula por sus calles, la Ciudad de la Furia logra convertirse en un símbolo de lo cosmopolita, de lo heterogéneo, y de lo versátil. Aquí, todos los días pueden verse lugares nuevos, edificios del tipo europeo y rostros de personas anónimas que uno (muy) probablemente jamás volverá a ver.
Pero… ¿Cuántas personas se cruza uno en esta ciudad monstruosamente grande sin siquiera darse cuenta? Bueno, llegó el día en que me hice esa pregunta y descubrí lo mucho que me quedaba por recorrer aquí, en la “city” porteña, lugar en el que vivo desde que nací.
            Es por eso que decidí dirigirme una tarde al centro porteño, mas específicamente a las calles Paraguay y Callao para dejar que la vida me sorprendiera y, también, poder encontrar una respuesta a mi incógnita.
            El viernes de la semana pasada, en una tarde otoñal, con un sol radiante y una brisa fresca, me dí el gusto de observar cosas en las que jamás había prestado atención: gente que va y viene; algunos apurados, otros, no tanto; todos ellos completamente distintos entre si: personas con traje, personas de jeans, personas con botellas de agua en la mano, personas con hamburguesas de Burger King; skaters, darkies, entre otros. Pero hubo algo que me llamó muchísimo la atención; quizás antes había visto algo similar y jamás lo había reparado, fue algo que, definitivamente, logró conmoverme: como pocas veces me había sucedido en la vida, ví cruzando por Rodríguez Peña y Paraguay a una parejita de ancianos, ambos caminando con sus bastones y tomados de la mano, como si fueran un par de adolescentes enamorados. Al ver eso, no me queda mas que decir que la cantidad de recuerdos que aparecieron como un torbellino en mi cabeza, fueron muchísimos.
            Quizás algo tan insignificante como una parejita de viejos puede causar absolutamente nada en los demás, pero en mi persona causó amor, cariño y al mismo tiempo, congoja; pero al mismo tiempo, este cúmulo de sensaciones me dejó una grata imagen en mi memoria, y también una moraleja: “uno nunca sabe con qué puede encontrarse, pero debemos estar atentos todo el tiempo, ya que es muy probable que eso que uno espera durante toda su vida, pueda suceder en algún momento; recordemos que el tren sólo pasa una vez”. 

María Constanza Taurozzi