Una Argentina en Japón:
La temperatura bajaba levemente, los días eran cada vez mas cortos y las hojas ya comenzaban a adquirir colores rojizos; era innegable que había llegado el otoño.
Muchas personas suelen ponerse tristes o amargadas cuando se va el verano, pero para Aurora todo esto significaba algo muy especial; faltaban muy pocos días para que emprendiera una de las aventuras mas emocionantes de su vida: dos meses de intercambio en la Universidad de Tokio, en Japón, un lugar que ella siempre había querido conocer. A la muchacha ya no le bastaba con mirar fotografías o escuchar anécdotas sobre aquel enigmático país; ahora era una simple cuestión de ver con sus propios ojos aquel lugar que ella siempre había soñado.
Valija…lista…pasaporte…listo…documentos, listo…Aurora estaba más que nunca preparada para el despegue. Llegó el gran día. Con escalas en Panamá y Hawai, la chica finalmente llegó a Tokio, esa ciudad gigante y multitudinaria que sólo había tenido la oportunidad de conocer a través de películas. Bastó una simple mirada a la monstruosa urbe e interesantísima cultura para que terminara de enamorarse del lugar y un simple respiro para darse cuenta que ese era su lugar en el mundo; no podía creer que por fin, después de tantos años ella estuviera en Tokio, ese lugar que durante tanto tiempo la había maravillado.
Los dos meses que ella pasó allí pasaron rápidamente; faltando poco para que comenzase el invierno en el hemisferio sur y disfrutando sus últimos días de primavera en la capital nipona, Aurora se despidió de sus amigos y profesores, abandonando aquel lugar que la había visto madurar muchísimo más de lo que había crecido en su país natal. Antes de irse, ella se prometió a si misma que volvería; que ese era el lugar al cual ella pertenecía y que sería allí donde pasaría el resto de sus días.
Al finalizar su carrera universitaria, Aurora viaja nuevamente a Tokio, con la intención de radicarse allá y desarrollarse profesionalmente, cosa que finalmente logró al poco tiempo de haber arribado.
El tiempo pasó y ella formó su familia con un ingeniero electromecánico llamado Masato y con él, tuvo una niña llamada Naomi, una pequeña criaturita cuya curiosidad era imposible de aplacar. Los tres tenían una vida perfecta: tenían un hogar en Sendai (una de las ciudades mas importantes de todo Japón), un auto enorme y el suficiente dinero como para viajar a Argentina cada dos meses. Definitivamente todo era como Aurora siempre había querido.
Pero un día de marzo, de esos en que uno piensa que nada malo puede pasar, ocurrió algo que Aurora nunca hubiera imaginado, ni siquiera en su peor pesadilla. Masato se encontraba trabajando, Aurora estaba cocinando el almuerzo y Naomi jugaba con sus muñecas en el jardín delantero de la casa. Pero de repente todo comenzó a temblar: las cosas se movían cada vez mas rápida y peligrosamente, los vidrios estallaban como si una bala de plomo los estuviera impactando y el piso temblaba hasta tal punto que uno no podía siquiera quedarse de pie. Cuando el sismo finalizó, Aurora y Naomi corrieron juntas hasta un parque cercano, para reencontrarse con todos sus vecinos, pero ya era muy tarde. De la nada, apareció una gran ola que tenía la altura de un departamento de cuatro pisos que estaba a punto de chocar contra la costa; su cerebro no podía dar crédito a lo que sus ojos estaban percibiendo y la ola arrastró todo lo que impactó: el aeropuerto, los autos estacionados en las veredas, los árboles…y las personas.
¿Quién hubiera creído que alguien que había (por fin) encontrado su lugar en el mundo y tenía todo lo que necesitaba y apreciaba pudiera llegar a tener ese cruel y terrible destino? Pero si de algo estamos seguros es que Aurora cumplió su objetivo: vivir en Japón hasta el final de sus días.
María Constanza Taurozzi
