Toda ciudad tiene algo para mostrar
Cada ciudad es un mundo y más aún las ciudades populosas; Buenos Aires no era la excepción a la regla. Caracterizada por la gran cantidad de gente que circula por sus calles, la Ciudad de la Furia logra convertirse en un símbolo de lo cosmopolita, de lo heterogéneo, y de lo versátil. Aquí, todos los días pueden verse lugares nuevos, edificios del tipo europeo y rostros de personas anónimas que uno (muy) probablemente jamás volverá a ver.
Pero… ¿Cuántas personas se cruza uno en esta ciudad monstruosamente grande sin siquiera darse cuenta? Bueno, llegó el día en que me hice esa pregunta y descubrí lo mucho que me quedaba por recorrer aquí, en la “city” porteña, lugar en el que vivo desde que nací.
Es por eso que decidí dirigirme una tarde al centro porteño, mas específicamente a las calles Paraguay y Callao para dejar que la vida me sorprendiera y, también, poder encontrar una respuesta a mi incógnita.
El viernes de la semana pasada, en una tarde otoñal, con un sol radiante y una brisa fresca, me dí el gusto de observar cosas en las que jamás había prestado atención: gente que va y viene; algunos apurados, otros, no tanto; todos ellos completamente distintos entre si: personas con traje, personas de jeans, personas con botellas de agua en la mano, personas con hamburguesas de Burger King; skaters, darkies, entre otros. Pero hubo algo que me llamó muchísimo la atención; quizás antes había visto algo similar y jamás lo había reparado, fue algo que, definitivamente, logró conmoverme: como pocas veces me había sucedido en la vida, ví cruzando por Rodríguez Peña y Paraguay a una parejita de ancianos, ambos caminando con sus bastones y tomados de la mano, como si fueran un par de adolescentes enamorados. Al ver eso, no me queda mas que decir que la cantidad de recuerdos que aparecieron como un torbellino en mi cabeza, fueron muchísimos.
Quizás algo tan insignificante como una parejita de viejos puede causar absolutamente nada en los demás, pero en mi persona causó amor, cariño y al mismo tiempo, congoja; pero al mismo tiempo, este cúmulo de sensaciones me dejó una grata imagen en mi memoria, y también una moraleja: “uno nunca sabe con qué puede encontrarse, pero debemos estar atentos todo el tiempo, ya que es muy probable que eso que uno espera durante toda su vida, pueda suceder en algún momento; recordemos que el tren sólo pasa una vez”.
María Constanza Taurozzi

0 comentarios:
Publicar un comentario
Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]
<< Inicio